jueves, 24 de septiembre de 2009

Festividad de los dolores gloriosos de la Virgen María.

Dice el salmo:

“A proporción de los muchos dolores que atormentaron mi corazón, tus consuelos llenaron de alegría mi alma”.

La Iglesia, tras la festividad de la exaltación de la Santa Cruz, y más concretamente en un mes tan mariano como Septiembre, nos invita a revivir en éste tiempo de gloria un encuentro con nuestra bendita madre al pie de la cruz. Efectivamente, la Iglesia con esta conmemoración glorifica cada año los dolores de María, pues éstos asociados a los de Cristo nuestro Redentor, juegan un papel importante en la historia de la salvación del hombre. Dios quiso hacerla partícipe de la pasión y muerte de su Hijo para servirnos de de referencia para sobrellevar nuestros dolores propios compadeciéndonos de los suyos que fueron infinitamente superiores.

Los crueles dolores que sufrió Nuestra Señora en esta tierra la coronaron en el Reino de Dios y es por ésto que conmemorándolos con toda lógica se le dé debida gloria. No es de extrañar que el camino para llegar al Cielo esté lleno de aflicciones. Máxime cuando Cristo mismo nos invitó a seguirle cargando con la cruz que dispuso ponernos para recorrerlo. Todos los que gozan en la gloria pasaron por cuantiosas tribulaciones. Es por esto que María, cuya alma fue la más atribulada de las almas, con más razón que ningún justo fuera glorificada en el mismo.

Efectivamente, los dolores de María fueron acervos y éstos quedan representados con un cruel cuchillo traspasando su maternal y sacratísimo corazón tal como el anciano y profeta Simeón predijo. Sin embargo este cuchillo que destrozó su alma es algo mucho más profundo que un simple símbolo empleado para representar su dolor. Tal congoja queda asociada a la de Nuestro Salvador pues éste de alguna manera la hizo partícipe colaborando de esta manera en la obra salvífica de Dios. Por eso Pablo VI en su exhortación apostólica “Marianis Cultus” nos invita a que reflexionemos sobre los acontecimientos salvíficos de estas solemnidades. Dios quiso que María estuviera presente en el momento de la redención de la misma manera que quiso que estuviera presente en Caná cuando manifestó el primero de sus signos como anticipo del trono de la gloria de Dios que fue la cruz siendo éste algo más que un simple instrumento de tortura.

El glorificar los dolores de nuestra amantísima Madre viene a darles un sentido escatológico y trascendental sin anclarse en un superficial sentimiento de lástima con la intención de recrearse en ellos sino que viene a darles cumplimiento en cuanto a la voluntad de Dios que para ella quiso. Dios no quiso ver sufrir a María sin embargo ella aceptó sus dolores libremente como prueba de entrega total y absoluta a Dios renunciando a sus placeres personales por amor a su Hijo, sufriendo como cualquier madre hiciera con el suyo. Pero ella fue obediente hasta el final y como una firme roca se mantuvo a pie del cañón dolorida, abatida y traspasada pero llena de fe porque ésta la fortaleció. La experiencia de la espada nace del amor más ardiente que cualquier otra resplandeciente alma. Ella como buena Reina de los Mártires sufrió en su corazón la agonía de la cruz pero su perseverancia hizo que Dios la elevara al lugar más eminente de la gloria y la coronara como un galardón obtenido, brillando en tal corona el cúmulo de virtudes que valerosamente por medio de la Gracia mostró ante la cruz del Calvario.

Celebrar con júbilo sus dolores no significa alegrarse por las cuantiosas torturas que laceraron su enorme y tierno corazón. Significa dar gracias a Dios por entregárnosla como paradigma para saber como fortalecer el nuestro en el calvario de nuestra vida. Significa que verdaderamente Dios hizo en ella maravillas y por medio de sus dolores además de por muchas otras tantas cosas hizo fiel cumplimiento de su Palabra. Significa que de la misma manera que podemos consolar nuestros dolores compadeciéndonos de los suyos podemos experimentar el gozo de poner nuestra esperanza en ella de la misma manera que lo hizo ella en Cristo a la espera de la Resurrección. Significa que ella conoce el dolor mejor que cualquier criatura nacida en este mundo y que junto a ella, el via crucis del camino que representa nuestra vida será más comprensible y llevadero. Tomémosla por madre para que nos enseñe a cumplir la voluntad del Señor para que algún día al igual que ella podamos disfrutar de la Gloria de Dios de la misma manera que Juan, ante el madero, hizo lo propio obedeciendo de esta manera tal petición de Nuestro Señor en el estandarte de la victoria que los cristianos llamamos cruz.

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